Carolina Ruggero

Sharing Cities. Ciudades con sentido común

Sharing cities
Hace un tiempo ya comentamos que al hablar del «mundo sharing» muchas veces se está hablando de una gran etiqueta que abarca mucho y significa poco. Sin embargo, también dijimos que parte de esa etiqueta nos gusta. Nos gusta su puesta en valor del comunal, nos gusta su capacidad de poder pensar en modelos de negocio diferentes, nos gusta su mirada reflexiva sobre las ciudades.

Las ciudades, esos territorios en pugna en los que se disputan modos de vida, son objeto privilegiado para la implementación de políticas públicas que, a su vez, intentan moldearlos. Habitualmente, esto se hace en nombre de los ciudadanos: de su comodidad, de sus recursos, se su inclusión. Pocas veces se les consulta sobre el uso de los espacios, otras menos sobre la priorización de los recursos económicos, casi nunca sobre cómo quieren vivir en esa ciudad. Y con esto me refiero no sólo a cómo quieren habitar el espacio público sino también a qué tipo de negocios quieren emprender, cómo desean consumir, cómo preferirían movilizarse por la ciudad o con quiénes preferirían estrechar lazos de confianza o lealtad.

No es sólo participar

Un presupuesto participativo, por ejemplo, puede propiciar el tomar parte en decisiones preestablecidas sobre una reducida parcela del gasto público. Pero, aun en los diseños más ambiciosos de política participativa, como puede ser una planificación estratégica participativa del territorio, el estado local podrá simultáneamente oponerse e interferir en estilos diferentes de vida, consumo, asociación o producción; muchas veces protegiendo, en nombre del ciudadano, intereses generados por rentas de posición capturadas por grandes empresas. Ejemplo de esto pueden ser la persecución de mercados espontáneos, los intentos de aplicación de impuestos al crowdfunding, la prohibición de transportes compartidos, el cuidado comunitario de niños, los alquileres temporales, etc.

El problema de estas regulaciones no es solamente que coartan el libre albedrío, sino que ponen en tela de juicio la capacidad de los ciudadanos de definir cuáles son los lazos de confianza a los que se quiere circunscribir.

El problema mayor es que el debilitamiento de los lazos de confianza repercute en un aumento de los costes de transacción. Esto es, cuánto menos confío en aquél con quien voy a cerrar un trato (el que fuere), más trámites, permisos y homologaciones voy a requerir para cerrar ese trato, lo cual se traducirá en un aumento (para las personas y para la administración) de tiempo y dinero para poder llegar a un acuerdo.

Sharing Cities

Algunas ciudades entendieron que sus vecinos deseaban otra forma de relacionarse, de moverse, de consumir, de producir y, además, que el darle un marco a esto podía constituirse en una marca para la ciudad. Algunos de esos casos, aunque de manera incipiente, son San Francisco, Seul y Amsterdam.

Seúl, por ejemplo, tiene como algunos de sus objetivos: ampliar la cantidad de infraestructuras compartidas, la promoción de empresas de intercambio existentes, la incubación de nuevas empresas de economía del compartir, la utilización de los recursos públicos ociosos…

La ciudad se propuso esta política como forma de resolver problemas sociales, económicos y medioambientales de manera innovadora. Detectó a la Sharing Economy como una forma de mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos, la Ciudad del Compartir se convirtió así en una medida para mejorar la vida de los ciudadanos, maximizando a su vez los recursos y el presupuesto de la ciudad.

El objetivo de la Ciudad del Compartir es crear empleo y aumentar los ingresos, frente a las cuestiones ambientales, reducir el consumo y el derroche innecesario, y recuperar las relaciones basadas en la confianza entre las personas. Según Kim Tae Kyoon, director de la División de Innovación Social de Seúl, la recuperación de un sentido de comunidad es un aspecto importante del proyecto.

Una política para cada ciudad

A veces serán bicicletas compartidas y otras parkings seguros para bicicletas en las estaciones de tren; a veces coworkings para nómades digitales o trabajadores liberales, y otras talleres de carpintería, electrónica o prototipado 3D; a veces la reutilización de un edificio vacío y otras la utilización de una escuela cuando no hay clases formales; a veces un mercado barrial en el que los emprendedores puedan testear un producto y a veces una guardería infantil en los bajos de un edificio para que los padres puedan ir a trabajar; a veces una feria gastronómica y otras un restaurante pop up o una cocina comunitaria…

Pero no estoy hablando de dispositivos instalados por los ayuntamientos, hablo de cooperativas de padres, grupos de consumo, asociaciones gastronómicas… porque compartir también significa responsabilidad, pasar a la acción.

El centro está en las necesidades y los deseos de las personas. Una ciudad que mira al futuro, es una ciudad que no interfiere con las necesidades y deseos de sus ciudadanos, que no se obsesiona con las regulaciones en cuanto percibe una nueva tendencia sino que la deja crecer para luego amoldarse a ella. Una ciudad así tendrá más posibilidades de generar riqueza, de atraer talento y de hacer de la creatividad su marca.

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Ciudades inteligentes, ayuntamientos tontos

smart cities
Ya no podemos decir ni que las «Smart Cities» estén de moda. Ya pasó. Ya no tiene ningún atractivo hablar de ellas. Porque es una idea vieja, porque no significa nada y porque, en definitiva, lo palpable del concepto ya es real, lo es cada vez más y no es otra cosa que un modelo de negocio inadmisible.

cámarasTanto en artículos de divulgación, como en prensa o en artículos académicos, si se habla de una Smart City, se estarán vinculando de manera más o menos sistémica:

  1. Cuestiones ambientales (sobre todo energéticas)
  2. Comunicación intersectorial
  3. El uso eficiente de bienes y servicios
  4. La integración de las nuevas tecnologías (sobre todo relacionados al transporte)

Pero en la vida cotidiana de la smart-city, la mejora de datos se convierte en «supervisión optimizada del espacio», la cooperación publico-privada en la captura de la ciudad por unas cuantas corporaciones; y la comunicación… no es más que la producción incesante de datos por parte de los ciudadanos sin recibir nada a cambio. Pero ¿cómo se llegó a esto?

Mas allá de los puentes y los túneles

Cuando se terminaron los fondos europeos para infraestructuras, llegaron los fondos europeos para I+D, en la búsqueda de no perder competitividad frente a Asia y EE.UU. y sobrevivir la crisis.

De esta manera, las entrenadas plumas de los ayuntamientos españoles comenzaron a redactar proyectos que permitieran comprar aquello que las empresas les venían a vender (con el número de subvención a la que se debía aplicar incluido en el show de ventas). Y esas empresas, no son cualquier empresa, son empresas muy entrenadas en vender artículos con trampa, algo así como una mosca que te deja sus huevos.

Así, Indra, Endesa, IBM y Telefónica, más alguna más, se encargaron de diseñar productos para España y para el mundo con una utilidad tecnológica que puede resultar interesante, para proveer servicios que, en la mayoría de los casos, nadie pidió específicamente y que, por una módica suma, capturarán al estado en concepto de manutención de infraestructura y licencias de software durante décadas.
EU

La innovación en la vida urbana

Indra_SmartCities(1)Un semáforo o una rotonda pueden ser de gran utilidad para una ciudad, también lo pueden ser algunos sensores y ni hablar de la utilidad de repensar una matriz energética o promover la utilización de bicicletas. Asimismo una tarjeta ciudadana o una iluminación eficiente pueden ser de gran valía para los vecinos de una ciudad, hacerles la vida más fácil y más segura.

Sin embargo, si hacemos la pregunta -típica en el diseño de políticas públicas- «¿Cuál es el problema al que se está atacando?, la mayoría de las veces podríamos responderla con «la falta de datos sobre cómo se mueven y qué consumen las personas», ya que ese pareciera ser el objetivo principal de las tecnologías implantadas, sin entrar en el detalle de la generación artificial de necesidades en absoluto prioritarias para los ciudadanos… como que el alcalde pueda representarse frente a un «panel de mandos de la ciudad».

Las ciudades inteligentes

Para empezar, los más o menos inteligentes son los vecinos de una ciudad. Conviven entre sí no de manera macro sino entre personas. En los barrios, donde esta interacción se da de manera más fluida, las necesidades se transforman en modificaciones de comportamientos y hasta de infraestructuras, a veces promovidas por los mismos vecinos.

arroces del mundoEl soporte administrativo de un ayuntamiento puede apoyar ese uso barrial de la ciudad y también puede regular el espacio macro de manera de optimizar infraestructuras y detectar injusticias, abusos o necesidades.

La ciudad es un terreno en pugna, una arena de batallas y resistencias, el escenario de distintos intereses que demandan su lugar, su forma de dar vida a la ciudad. Esas batallas se dan en un quehacer diario, entre comerciantes, emprendedores, empleados, parados, pensionistas, estudiantes, amas de casa, marginales… y el Estado municipal debería de saber de esa pugna, garantizar libertades, saber cómo son sus ciudadanos y pensar a futuro para que la ciudad pueda seguir siendo vivible: ¿habrá más viejos? ¿habrá más jóvenes? ¿qué producirán?

Poner lo común de una ciudad en explotación comercial y a sus habitantes a trabajar en una mina de datos no es sensato. Sin embargo, eso es lo que muchos ayuntamientos hacen, a cambio de promesas de unos datos tontos de circulación en el mejor de los casos, a cambio de una factura abultada en el peor.

No es elegir entre ciudades tontas e inteligentes, sino entre ciudades distribuidas y ciudades corporativas

Pero existe otra manera de hacer las cosas. No decimos que no a la tecnología al servicio de las ciudades. Necesitamos que los lugares en los que vivimos sean eficientes y estén al servicio de nuestras necesidades, también necesitamos que los ayuntamientos gasten menos y ofrezcan mejores servicios.

La manera de lograrlo es no pensando en el dispositivo que se ofrece sino en las necesidades que tenemos para optimizar la vida en la ciudad, la circulación del transporte, los servicios sociales, la calidad del aire, la calefacción en las escuelas, el cobro de salarios, el valor del suelo en el centro, la definición de nuevas centralidades, la apertura o instalación de nuevas empresas la promoción de emprendedores, la cohesión social… y las preguntas deben ser cuáles son nuestras prioridades, qué herramientas nos pueden ayudar, cómo se puede hacer de la manera más eficiente

¿Una fórmula? No puede haber captura corporativa ni se puede reducir los ciudadanos a generadores de datos y debe responderse a sus necesidades reales. Y los caminos que pasan por ahí no van de la mano de los gigantes corporativos sino de los datos abiertos, la fiscalización por cada ciudadano, las arquitecturas distribuidas y el software libre, tecnologías todas ellas más baratas, robustas, resilientes y que no generan dependencias eternas a las administraciones que a estas alturas todavía dicen con orgullo que «el cerebro» de su ciudad está en manos de una multinacional.

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Pensando sobre la sociedad del comunal urbano

Make it co coperativeAnteayer los amigos de Communia nos invitaron a participar de una jornada en el Ateneu Candela. Lo que más nos gustó fue que nos invitaban a un «Debat sobre el paper de les ciutats per cooperar i construir formes de Bon Viure».

Como la cosa iba de comunal, empecé la charla por ahí; pero realmente quise poner el acento en lo productivo y en la necesidad de compromiso por parte de quienes creen que la generación y el mantenimiento de un comunal ayudan a la construcción de una ciudad mejor. Desde las Indias creemos que la mutualización y cooperativización de servicios, puede constituir, ante el declive del estado, el nuevo comunal, el que permitirá a la comunidad no descomponerse, organizarse retribuirse y autoconstruirse.

Sin embargo, confieso que no se si logré que quedara muy claro. Me jugó una mala pasada el libro electrónico y no se si pude transmitir lo que quería.

De todos modos las pasé muy bien y por eso quiero compartir lo que allí dije.

Construyendo la ciudad del comunal urbano

El trabajo comunitario y ese bien público no estatal llamado comunal o procomún, tradicionalmente materializado en las tierras comunales, constituían el centro de la organización económica y estructuraban el desarrollo de un sistema de bienestar social diseñado a medida de una comunidad. Así, esta comunidad se organizaba alrededor de un sistema de producción-cooperación. Este tipo de organización evolucionaría más tarde en el cooperativismo moderno.

Lo importante es que en no pocos lugares, la organización económico-social de este tipo, sobre la base de la producción común generaba una variedad de servicios que iba desde bares u otros centros de ocio, a sistemas de previsión social o seguros de vida.

Características importantes de este sistema eran:

  1. El comunal estaba compuesto, entre otras cosas, por bienes de capital (las herramientas por ejemplo)
  2. La comunidad se organizaba económicamente a su alrededor (organizando el trabajo y decidiendo sobre la utilización de los beneficios)
  3. La riqueza generada por este trabajo y estos bienes de capital revierte en la comunidad.

El paso de un mundo descentralizado a otro distribuido

red_distribuidaHoy la productividad se multiplicó y la estructura de la comunicación se modificó. Pasamos de un un mundo descentralizado hacia un modelo distribuido de comunicación, el mundo de Internet. Esto nos permite, comprar materias primas donde sea y, sobre todo, vender nuestro producto allí donde lo quieran comprar.

Cada vez es posible producir a menor escala, en realidad, cada vez es más rentable. La crisis de la economía de escala hace que el óptimo de rentabilidad se obtenga en una escala productiva menor. Esto quiere decir que podemos tener gran alcance para nuestra producción de pequeña escala. El resultado agregado es a lo que denominamos «globalización de los pequeños».

Además, el crecimiento de un discurso favorable, el de la economía colaborativa, nos ayuda a generar una audiencia, un marco comprensivo, un clima favorable, un cambio cultural.

El antecedente del software libre

Con el software libre], ha aparecido un nuevo modo de producir y distribuir, cuyo centro no es la acumulación de capital sino el «comunal».

Un modelo en el que el mercado es de accesibilidad universal, elimina rentas -de propiedad intelectual, de posición, etc.- para centrarse en remunerar el trabajo y premiar la innovación y la personalización que enriquecerán de nuevo el procomún. Un verdadero modo de producción P2P, que igual que sirve para producir software sirve para producir objetos materiales y todo tipo de servicios bajo una lógica de la abundancia.

Del software a los objetos

glif_photo01La generación de un nuevo comunal, nuevas herramientas como la impresora 3D, las nuevas escalas óptimas, las posibilidades de un mayor alcance a pesar de la pequeña escala y la idea de innovación permanente en lugar de la obtención de rentas, posibilitan modelos de negocio a los que llamamos de Economía Directa.

La economía directa entonces, genera disipación de rentas y se convierte tanto producto como vector de la globalización de los pequeños. En muchos casos, colaboran al aumento del comunal aportando a repositorios de software libre o haciendo devolución de sus innovaciones.

De ese modo la Economía Directa es la antesala del modo de producción p2p, un modelo plenamente basado en el comunal que vemos ya en industrias como la producción de muebles a partir de repositorios públicos libres.

La relación con la Economía colaborativa

I dont needLa Sharing Economy o economía colaborativa no es más que una etiqueta. Un gran paraguas de múltiples significados que diferentes actores utilizan como marco para distintas causas, servicios, objetos, modelos de negocio, etc. Sin embargo, creemos que la expansión del consumo colaborativo es un indicador de cambio cultural.

No nos interesa en este terreno la predominancia de una economía desmonetarizada respecto de una monetarizada, tampoco la disminución del consumo. Ni siquiera sus aspectos más «verdes». Nos interesa una audiencia creciente. Y nos interesa como forma de financiamiento. Porque la «sharing economy» puede generar sin embargo transformación social cuando, a través de los sistemas de financiación colaborativa (crowd sourcing) sirve de motor a la Economía Directa.

La sharing tiene entonces dos dimensiones interesantes:

  1. En tanto consumo colaborativo, alienta un cambio cultural que reinterpreta los servicios públicos
  2. mientras que como sistema de financiación industrial para proyectos de desarrollo del comunal productivo y de la Economía directa.

¿Es en si transformadora la «sharing economy»?

No por si misma. En realidad, la clave que hace posible cambios sostenibles en las relaciones económicas está en el incremento de la productividad y eso está ocurriendo en otro lado:

  1. desde la economía directa -al empoderar a las PYMEs industriales, difundiendo el uso productivo del procomún digital, globalizándolas y multiplicando su productividad
  2. y desde el modo de producción p2p tanto en inmateriales como el software libre, como, cada vez más, gracias a un creciente comunal de diseño industrial, en la producción de objetos de consumo.

Además, el simple hecho de compartir no significa generación de procomún. Sabemos bien que la mayoría de los casos de éxito se reducen a novedosas formas de alquiler que optimizan el acceso. Pero no son más que eso, mercados o sistemas de alquiler aunque partan de modelos originalmente mutuales o comunitarios. Es cierto que priorizar el acceso frente a la posesión, nos cambia la mirada y nos hace posible pensar en nuevos escenarios, pero sabemos que si eso es posible sólo gracias a una red centralizada, estamos perdiendo en otro frente (o en varios a la vez).

Sin embargo, tampoco es suficiente con desarrollar independencia de plataformas centralizadas. La simple solución a nuestros problemas de acceso a bienes o servicios a partir del compartir, no genera el tipo de interrelaciones y responsabilidades que caracterizan al comunal. Al revés, por lo general, la mediatización de plataformas en el intercambio, nos exime de la responsabilidad de construir relaciones, de observar necesidades comunitarias y organizarnos para darles respuesta.

Y es que la generación de comunal es importante como estrategia contra la descomposición social en un momento de retirada estatal.

La mutualización y cooperativización de servicios

cajaA nuestro alrededor hay todo un universo de cosas sucediendo que apuntan a un cambio mayor:

  • La organización del cuidado de niños, «casas nido» o «jardines/parvularios rodantes», las cooperativas para la generación de energía como Som Energía, o para el acceso a Internet como Guifinet son ejemplos de nuevos comunales urbanos.
  • Los mercados como Open your Ganbara, las visualizaciones o cartografías como Sharing Cities, Share and Save en Adelaida o la Cartografia col·laborativa dels comuns a la ciutat de Terrassa son ejemplos de acciones que facilitan el cambio cultural y tomar consciencia de que hay una alternativa comunal en marcha.
  • Kickstarter en el financiamiento de proyectos de proyectos productivos y Kiva en pequeños emprendimientos via ONGs son ejemplos de financiación «no capitalista», donde nuevos proyectos productivos recogen el capital que necesitan para ponerse en marcha sin tener que ceder propiedad.
  • Las mutuas, los servicios complementarios al sistema de salud o a la intermediación laboral son ejemplos de aplicación de la lógica de construcción de comunal desde las prácticas cooperativas… aunque, cuando no están basadas en una producción en común (una cooperativa de trabajo o un grupo cooperativo) como todas las cooperativas de consumo, tienden a difuminar las responsabilidades individuales y convertirse en sistemas burocratizados financiados colectivamente, no muy diferentes de los del estado.

Lo positivo de este tipo de proyectos y experiencias es que generan responsabilidad personal y comunitaria, fortalecen lazos sociales a la vez que construyen las respuestas necesarias a los retos urbanos actuales y dan forma a un nuevo tejido social y productivo. A una ciudad del comunal.

Algunas observaciones ex post

  • A partir de las exposiciones y de las conversaciones mantenidas más tarde con los demás indianos, se nos generó cierta curiosidad respecto al enfásis en la artificialidad sobre los bienes comunales y sus posibles implicaciones y causas. El resultado del debate lo redactó David en un post específico ayer.
  • Por otro lado, la mención al comunal siempre se hace en función de la capacidad de compartir y en consecuencia generar tejido social, lo cual es muy cierto; pero se le da poco o nada de lugar al origen y sentido productivo del comunal, de cómo generaba -y genera- valor y excedente y cómo esa generación revertía -y revierte- en la comunidad. Me produce algo similar a lo que siento cuándo nos cuestionan el que aspiremos a ganar dinero por nuestro trabajo.

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Gente o paisaje

Mapa del FuerteNo conozco muchos modelos urbanos. Crecí en una típica cuadrícula y luego, ya de grande, conocí las ciudades medievales, sus calles concéntricas y las murallas.

Hace unos meses, visitando el Museo Arqueológico en Oviedo, miraba las maquetas de los castros con sus murallas y me preguntaba de qué se defendían. Se defendían de los otros castros pero, más allá de que eran gentes de costumbres muy violentas, se defendían de la escasez. Castro

Lo que en cada momento se considera escaso da forma a los sitios que elegimos para vivir: desde los puertos a las ventanas, desde los jardines y parques públicos a los sótanos, desde las calles anchas a un mercado o un galpón de acopio.

El aire, la luz, las vistas, el aislamiento, el hacinamiento, los puentes, las cloacas, las tierras comunales, las escuelas o los talleres, son parte de nuestro estilo de vida, el deseado o el impuesto.

Las ciudades muchas veces tienen límites tanto históricos como naturales, otras veces se pueden expandir hasta donde lo permita el horizonte.

La especulación, el estado, las condiciones climáticas, los poderes fácticos, las comunidades reales… todos dan paso a la conformación de la ciudad y a las percepciones inmediatas que tenemos de ellas.

Pero qué pasa cuando, aparentemente contracorriente, hay comunidades reales o imaginadas que intentan ubicar su estilo de vida en consonancia con el lugar que habitan?
Ciudad utópica

El status

countryCountry clubs, clubes de campo, urbanizaciones, barrios cerrados… son todas formas de organización del territorio de manera tal de que los espacios públicos sean propiedad de los propietarios de las viviendas o de las sociedades que los administran. Sin embargo, su objetivo mayor es el de aportar cierto estatus social a sus vecinos, proveyéndoles de cuestiones que consideran escasas: comunidad de vecinos homogénea socialmente, aire libre, seguridad, aislamiento. Distinción.

Barrio cerradoEn algunas ciudades la valoración de la urbanización cerrada llegó a significar tantas cosas que hasta existen algunas que tienen la calidad urbana y edilicia de un barrio popular del extrarradio. Seguramente sus habitantes buscan diferenciarse de sus vecinos que viven de manera similar pero sin un cerco y una barrera en la puerta, quizás para sentirse un poco más próximos a quienes, en la misma zona, construyeron barrios con casas de película, campos de golf y piscinas; barrios en los que se retrata la necesidad de vivir una vida de fin de semana todos los días del año.

Estos barrios crecieron a partir de un discurso de búsqueda de mayor seguridad (en las diferentes acepciones que permite el término), verde, tranquilidad, disfrute y vida sana, sobre todo para los niños. Una especie de vuelta al origen, a aquello que la ciudad no nos permite.

Acaso no es un discurso similar al de las ecoaldeas?

ecoaldeaAcaso quienes deciden ir a vivir a una ecoaldea no declaran también una vuelta al origen que culpa a la ciudad como enajenadora de valores? No buscan también distinción?

Sobre todo hablo de aquellas, la mayoría, que tienen prácticamente el mismo modelo de negocio inmobiliario, aunque cambien piscinas por huertos comunes.

Gente o paisaje

plano-nordelta1Desde los barrios privados más lujosos, exclusivos u originales hasta las experiencias más agrestes, pareciera buscarse un paisaje, un escenario que coincida con una fantasía. Tus vecinos tendrán en común esa fantasía.

Como una viuda de los jueves, buscarás coincidencias con aquellos que desearon el mismo escenario para sus vidas, no importa si era una cancha de golf o un huerto común, ese es el punto de contacto. No hay proyecto común, ni objetivos compartidos, sólo necesidad de distinción.

Un proyecto de vida diferente que no incluye la variable «¿con quién lo llevaré adelante y cómo?» es solo la búsqueda de un paisaje. Dejar la ciudad, con lo aleatorio de sus espacios comunes y sus vecinos, para la construcción de una ficción con gente a la que decides tratar como iguales por su gusto similar respecto de las piscinas o el ladrillo a la vista, es menos que una experiencia turistificada, muy distinto de proyectos entre personas que buscan generar realidades alternativas. Mundos posibles.

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De paseo

Setenta apartamentos y ningún balcón

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Probando el nuevo sistema de comentarios

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¿Pedimos helado?

HELADOS1

La selección de los sabores del helado parece ser, por momentos, un acto más atado a la moral que al gusto: se discute con una pasión y una severidad propia de una discusión política, o peor, futbolística. Durante varios años realicé las siguientes anotaciones: qué gustos eran pedidos, cuáles se acababan más rápido y cuáles sobraban. Las conclusiones fueron fascinantes.

Si quiere conocer los resultados, tendrá que leer este post de Federico Ricciardi. A mí me encantó porque me trasladó a un mundo fascinante del cual no eres consciente cuando estás inmerso.

No tengo idea de si es un mal universal, solo sé que las últimas veces que fui de visita a Buenos Aires en verano, pude realmente darme cuenta del fenómeno que ocurre al momento de elegir grupalmente los sabores del helado.

Supongo que vi el fenómeno magnificado, ya que al estar de visita, cenaba en casas de amigos con varios invitados casi todos los días. Al terminar de cenar, el 100% de las veces se sucedía la pregunta

-Pedimos helado?

Inmediatamente alguien agarraba el teléfono, papel y lápiz. Suponiendo que la decisión de a qué heladería llamar se saldase rápidamente -porque suele ser una decisión del dueño de casa y porque justo no participase de la cena ningún fundamentalista fanático de alguna cadena en especial- comenzaba la ardua, conflictiva, fundamental, emocional… batalla por los sabores. Primero por la cantidad y luego por los «gustos» en sí. Se suceden gritos clamando por nombres de fantasía, variantes de chocolate o dulce de leche y asombrosas frutas que, en el fondo, a nadie le gustan. Entre la batalla de los sabores y lo que tarda la moto en venir con los codiciados potes, suele transcurrir más tiempo que el que se demoró en el picoteo y el asado o las empanadas. Lo bueno, es que los asistentes ya recobraron para ese entonces su apetito.

Ciudades Colaborativas, Ciudades Inteligentes

Bajo San IsidroTerminando el 2014 me invitaron a dar una charla en la ciudad de San Isidro, en la Provincia de Buenos Aires. Más específicamente, en el Bajo de San Isidro, una zona que se vio revitalizada en los últimos años gracias a, entre otras cosas, la acción innovadora de jóvenes empresarios gastronómicos que, animándose a emprender pero también a colaborar entre ellos, lograron dotar de una interesante vida cultural a la zona.

Unos días después de la presentación, me hicieron una entrevista. La dejo aquí.

Marceloté

Marceloté

Ya es el día siguiente por aquí, pero hoy cerró sus puertas Marceloté.

El edificio de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires en el que estudié, donde los estudiantes sobrepasaban ampliamente la capacidad de sus aulas, donde atravesar las puertas entre estudiantes y militantes tomaba media hora, donde crecí, milité e hice muchos amigos, quedaba en la calle Marcelo T. de Alvear.

Para albergar a estudiantes de Ciencia Política, Ciencias de la Comunicación, Sociología, Relaciones del Trabajo y Trabajo Social, no le alcanzaban sus aulas (con sus respectivas subdiviciones, sus pisos para sentarse y sus pasillos para escuchar de lejos) ni las aulas de las facultades aledañas que tomaba prestadas y fue abriendo distintas sedes.

Por eso a esta, a la que me albergó como estudiante, militante y profe, se la llamaba Marceloté. Hoy cierra sus puertas y con ellas sus pasillos y su mítica Aula 100. dejarán de dictarse materias de las carreras allí.

Mis ideas sobre lo que se debe esperar de la educación universitaria cambiaron mucho y sobre cuál debería ser el rol institucional y social de la universidad también, pero puedo decir con certeza que gran parte de lo que soy se lo debo a ese paso por Marceloté, a los amigos que hice, que hoy están en Buenos Aires y en otras ciudades del mundo, y a aquellos profesores que sí ocuparon el rol que sigo defendiendo: aquellos que dispersaban generosamente su conocimiento provocando querer entenderlos, aquellos que defendían que las lecturas debían estar provocadas por un debate previo, aquellos que nos enseñaron a aprender.

No cabe contar las cosas que aprendí, sufrí, disfruté, discutí u organicé entre aquellas paredes, pero no puedo dejar de permitirle un lugar a la nostalgia y brindar por Marceloté.

Lugo de noche y con amigos

Aprovechamos un viaje de trabajo a Gijón para ir unos kilómetros más y visitar a nuestros amigos en Lugo. Aquí el escaso testimonio de un fabuloso paseo nocturno. El análisis comparativo sobre a qué se llama tapa, queda para otro relato.

Lugo 1

Muralla de Lugo

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