Carolina Ruggero

Días de fiesta

matzah

Pésaj es la primera y más importante fiesta del calendario judío y se celebra durante siete días (ocho en la diáspora), de los cuales el primero y el último son días de reposo, en los que está prohibido el trabajo cotidiano. En ella se festeja la liberación del pueblo judío de la esclavitud de Egipto.

Pesaj significa «saltear» o «saltar» y esencialmente lo que se festeja es la libertad, porque Dios ordenó a Moisés que se matara un cordero y que con su sangre se pintaran las puertas de las casas, de esa manera se identificarían los hogares hebreos y serían salteados por Dios al momento de matar a los primogénitos egipcios. Esta fue la última de las plagas y reforzó notablemente las negociaciones que Moisés estaba llevando adelante con el Faraón para obtener la libertad.

La ansiada salida de Egipto se dio de manera inesperada y no hubo tiempo de hacer el pan en el horno como todos los días, la masa entonces se dejó secar al sol y el resultado fueron unas galletas chatas, sin fermentar.

Por esto, es tradicional durante los días de la fiesta evitar el consumo de todo alimento fermentado o leudado. Además, la primera noche de Pésaj se celebra una cena especial denominada Seder, «orden» en hebreo, y quien la preside tiene delante de sí, sobre la mesa, la keará o fuente con los símbolos del Pésaj.

El Seder está diseñado para simbolizar la experiencia de pasar de la esclavitud a la libertad. Además de Matzah (el pan ácimo), se toman cuatro copas de vino – correspondientes a las cuatro expresiones de libertad mencionadas en la Torá. En el comienzo del Seder se comen Karpas, un vegetal (por ejemplo apio, perejil o papa) remojado en agua con sal, para conmemorar las lágrimas de los hebreos por el trabajo forzado. Más adelante, se comen Maror, las hierbas amargas. Aunque muchos tienen la costumbre de utilizar rábano picante, también puede usarse lechuga. El Maror es sumergido en el Jaroset, una mezcla de dátiles, vino, nueces y manzanas, que simbolizan los ladrillos fabricados por los esclavos.

En síntesis, Pésaj es un festejo para celebrar la libertad sin perder de vista aquello de lo que nos liberamos. Es un momento para preguntarnos qué y cuánto significa nuestra libertad y quiénes la ponen en riesgo. También para pensar en qué cuestiones internas nos limitan y qué queremos ser. Son preguntas básicas, si no nos damos cuenta de qué o quién nos esclaviza, es imposible liberarnos y si no reconocemos el sentido de la libertad, no podemos festejarla.

Por eso Pésaj es una gran celebración! Es una buena fecha para reflexionar sobre aquello que nos hace más libres y planear actuar en consecuencia.

Matzah

En mi familia nunca se celebraron las festividades judías, pero para Pésaj mi madre siempre trae Matzah a casa. Como estoy lejos y en Bilbao no se consigue, esta vez me envió una receta:

Ingredientes
1/2kg de harina de matzah (o integral, o de trigo, si no conseguís)
½ cucharada de sal
1 taza de agua
3 cucharadas de aceite de oliva

Preparación
Volcar la harina junto con la sal sobre la mesada. Formar un hoyo en el centro. Agregarle el aceite y el agua de a poco mientras se va incorporando a la harina hasta formar una masa blanda. Amasarla durante 10 o 12 minutos hasta que la masa no esté elástica y nada pegajosa. Dejar en reposo cubierta con un paño durante 30 minutos.

Luego dividirla en porciones de aproximadamente 30 gramos y estirarla con el palote o aplastarla con la mano. Darle forma circular, cuadrada o triangular como más te guste. Dejarla en reposo 10 minutos y pinchar la masa con un tenedor. Espolvorear la masa con apenas harina y pincelarlas con aceite de oliva.

Cocinarla en un horno moderado de 180º hasta que estén cocidos. Quedan como galletas.

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Demencia digital

Harish, a school boy uses a laptop as a calf stands next to him, on the eve of International Literacy Day at Khairat village
Hace unos días leí por ahí el titular de un artículo que me llamó la atención, en forma negativa. Para cuando leí el primer párrafo, la sensación de impresión negativa tornó en desagrado y ahí lo dejé.

La Academia Americana de Pediatría (American Academy of Pediatrics) y la Sociedad Canadiense de Pediatría (Canadian Society of Pediatrics) afirman que los niños de hasta dos años no deberían estar expuestos a ningún tipo de tecnología, que los niños de entre tres y cinco deberían tener un acceso restringido de solo una hora al día, y que entre los seis y los 18 años, los niños deberían acceder durante un máximo de dos horas al día (AAP 2001/13, CPS 2010). Los niños y los jóvenes utilizan la tecnología entre 4 y 5 veces más del tiempo aconsejado, lo que puede acarrear consecuencias nefastas (Kaiser Foundation 2010, Active Healthy Kids Canada 2012).

Hoy lo retomé con un poco más de humor. Menos mal! De no continuar leyendo, me hubiera perdido el apoteósico final del primer párrafo:

Como terapeuta ocupacional, apelo a padres, profesores y gobiernos para que prohíban que los niños menores de 12 años usen todos estos artilugios.

El artículo en cuestión se llama «10 razones por las que se debería prohibir a los menores de 12 años usar dispositivos electrónicos» y, aunque desarrolla alucinantes trastornos como la «demencia digital», no voy a seguir profundizando en él.

Solo diré que tanto este como otros artículos similares me hacen retrotraer a mi infancia. El discurso era el mismo: la tv hace mal a los niños y hay que cuantificar la cantidad de horas de exposición.

Si bien pasé la mayor parte de mi vida pegada a la televisión y el que estuviese encendida, sostuve siempre, no me impedía desarrollar otro tipo de actividades intelectuales de manera simultánea, no voy aquí a ponerme a decir que soy quien soy en la vida por haber mirado mucho a Carozo y Narizota. Por supuesto que es mentira que podía prestar atención de la misma manera con la tele encendida que apagada, pero tampoco hubiera podido ver esas maravillosas telenovelas que tenía estrictamente prohibido ver, ni hubiera disfrutado de seguir la evolución de las mismas a través de los años, así como de otros géneros y de distintos rubros técnicos. Vi de todo, de verdad de todo, hasta tuve mi larga época de relax combinado con programas de chismes/cotilleo. Más allá de mis gustos particulares, la verdad es que me mostró algo de mundo y pasaron varios años hasta que noté sus restricciones.

Lo que quiero decir es que seguramente en esas horas de tele-exposición podría haber hecho otras cosas, de hecho, las que hacía mientras no miraba tele; de hecho, prefería leer libros a cualquier otra cosa pero tenía pocos y a veces me cansaba de leerlos una y otra vez. Lo que está claro es que no me agarró ninguna de esas taras que decían me podían agarrar, como ahora lo dicen los diferentes estudios que hablan de la nocividad de la tecnología para los niños.

El Cuco de la tecnología

construyendo kanoPara empezar deberíamos empezar a rechazar enfáticamente el uso de la palabra tecnología de manera vaga. ¿O acaso pensamos también en prohibir la máquina de vapor?

Luego, me gustaría decir que si no se me achicharró el cerebro mirando tele, que la máxima interacción que permitía era enviar una carta primero y un llamado telefónico años más tarde, no van a arruinar las tablets las mentes de los inocentes.

Aclarado esto, lo que vemos otra vez, es el no hacerse responsables ni de los niños ni de dominar el uso de los cacharros. No puede ser que la abundancia de información y el abaratamiento de componentes digitales de pronto se conviertan en una bomba de tiempo para la infancia.

Es miedo, miedo de no entender lo que hacen y pereza de aprender a cómo convertir ese gusto de los niños en un recurso pedagógico que los puede hacer más inteligentes y más libres.

Además de que periódicos, radio, televisión e internet nos hicieron más libres en cada momento histórico, las experiencias existentes de pedagogía apoyada en y a través de la tecnología son cuantiosas. Las posibilidades de que un niño pueda dominar, a bajo coste, tanto hardware como software están al alcance de la mano y no requieren de científicos laureados tomando el timón. Computadoras, procesadores e Internet dan la oportunidad de entender cómo funcionan las cosas y emitir las propias visiones del mundo, cosa que la tele y la radio no permitían.

Entonces, el problema no es la interacción entre los niños y adolescentes y el mundo digital, el problema son adultos que compran caros dispositivos como objeto de consumo, casi como decoración. El problema es no preocuparse por no ser un simple comprador de cacharros y poder hacer cosas interesantes con los bienes que el siglo nos hace cada vez más accesibles. El problema es despreocuparse por enseñar la importancia del querer aprender.

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Una chica en el cielo

una chica en el cieloHace unos días, Natalia me preguntaba si estaba bien que Juan ilustrase un post con una foto mía, de mí. Después de decirle que sí, mi cabeza viajó en el tiempo hasta el fin de semana en que se tomó.

Mi primo Christian había ido por trabajo a Buenos Aires y decidimos irnos el fin de semana a Mar del Plata a visitar a un amigo. Llegamos, fuimos a la playa y salimos por la noche a un bar. La gente empezó a bailar y nosotros también, la estábamos pasando tan bien que olvidé vigilar mi cartera/bolso que estaba colgada en la barra, o en nuestra mesa, o donde quiera que hayamos estado hacía un rato. Cuando me quise dar cuenta, la cartera había desaparecido y con ella mi billetera, mi teléfono, mis documentos, mi dinero, y las llaves del auto que estaba estacionado en la puerta y que dos días más tarde debería llevarnos de regreso a Buenos Aires, a tiempo para que mi primo pudiera tomar su avión de vuelta a Suiza.

Ya era de madrugada y no quedaba otra cosa por hacer más que dormir, pero me desperté sobresaltada temprano en la mañana. Sin teléfono ni computadora, no recordaba los números de nadie de mi familia (por suerte luego sabría que mi primo sí), además mi madre que era la dueña del coche y por ende del duplicado de la llave, tampoco estaba en Buenos Aires, sino a 1.000 km., pero para el noroeste (nosotros habíamos viajado 400 km. hacia el sur). Antes de terminar de arruinarle el fin de semana a mi hermana, me puse a buscar en una guía telefónica (¿hace cuánto no necesitás una?) compañías de transporte y correo para que me pudieran enviar un juego de llaves y no lograba dar con ninguna…

En medio de esas gestiones, suena el teléfono. Era Mariano, nuestro amigo y anfitrión:

- Hola Caro, ¿estás angustiada con el tema de robo y las llaves?
- Sí, la verdad es que no doy con la manera de resolverlo, me quedé sin nada y para colmo siento que se nos arruinó el fin de semana de reencuentro.
- No te preocupes, llamo para cambiarte el humor. Despertalo a Christian que en media hora pasa una amiga a buscarlos. Se van a tirar en paracaídas.

¿Por qué cuento lo que pasó la noche anterior si la historia va de tirarse en paracaídas? Porque creo que la mala onda que tenía, el estado de desánimo y la idea de que ya nada en ese fin de semana valdría la pena, hizo que generase algún tipo de pulsión que me permitió disfrutar del salto al vacío.

Para ser un paracaidista amateur, hay que hacer un curso de caída libre teórico y práctico y una serie de saltos. Pero si lo que querés es experimentar cómo es eso de tirarse en paracaídas, podés tirarte en tándem con un instructor que solo te explicará previamente como saltar del avión y la posición ideal durante el vuelo.

Algunas de las personas con las que hablé sobre la experiencia, me contaron que desde que se subieron al avión hasta que el paracaídas se abrió sufrieron como unos condenados. Yo no.

Me subieron a un avión que ascendió a poco más de 3.000 metros, cuando llegó el momento de poner un pie fuera del avión, el instructor me empujó suavemente (luego me diría que lo hace siempre para no dar oportunidad a posibles arrepentimientos) y a eso siguieron 40 segundos de caída libre, maravillosos mil y pico de metros a 200 km por hora, una sensación que nunca había sentido antes, donde se pierde el sentido de la velocidad hasta que pasas por una nube o se abre tu paracaídas y ves que el paracaidista que estaba al lado tuyo desaparece en un pestañeo.

A eso le siguieron aproximadamente 5 minutos de planeo silencioso y observación del paisaje, la exacta contraposición de la experiencia reciente, sentís que hasta cambia la música en tus oídos.

Ambas partes de la experiencia son maravillosas, pero sé que la primera parte causa mucho temor a la mayoría de las personas. El adjudicar a un mal día el no haberlo sentido yo, y el haber podido disfrutar al máximo, me enseñó a tener que buscar la manera de disfrutar del vértigo sin un padecimiento o preocupación previa, el poder darme cuenta, ante el miedo, de que es muy posible que un paso más adelante haya algo que vale la pena ser vivido.

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Los Di Tella: una familia y mil títulos posibles

amasadoras SIAmEn 1990 empecé el CBC y una de las materias obligatorias, Introducción al Conocimiento de la Sociedad y el Estado, tenía una cátedra que podía cursarse en casi todos los horarios y sedes: la cátedra Di Tella, de Torcuato Di Tella, un ingeniero industrial y sociólogo argentino.

Un par de años antes, Nacha Guevara estrenaba «Del Di Tella al 2000» y un año después, el Canciller del gobierno de Menem, Guido Di Tella, defendía las «relaciones carnales con Estados Unidos». Para ese entonces, ya estaba en condiciones de relacionar estos episodios con un día de mi niñez en que mi madre llegó orgullosa con un destartalado auto «nuevo» (no tener coche es algo que no puede concebir como posibilidad), un Siam Di Tella; y con la heladera que teníamos en la casa del Tigre a modo de alacena (la misma que años después me heredaría Juan, en mi primer casa), un modelo un poco más atrasado que el de mi abuela, pero también una SIAM.

Siam-Di-TellaEl origen de estas postales se remonta a 1892 en la región de Molise, Italia, cuando nace Torcuato Di Tella, quien a los 13 años llega a Argentina y en 1911, durante una huelga de los obreros de la panificación, se le prende la lamparita e inventa una máquina amasadora de pan. La máquina arrasa y Torcuato crea la empresa Sección Industrial Amasadoras Mecánicas: SIAM.

surtidorDurante la Primera Guerra Mundial, Di Tella lucha en el ejército italiano y a su regreso a la Argentina decide estudiar Ciencias Exactas en la UBA. Para ese entonces era el principal fabricante de maquinaria de panificación y elaboración de pasta, y su relación con el director de la recién creada YPF, le permite comenzar a fabricar bombas de extracción de petróleo, oleoductos y surtidores de combustible.

fábrica siamEl golpe militar de 1930 lo deja sin el contrato con YPF, pero Di Tella se concentra en una nueva fábrica de maquinaria industrial y electrodomésticos, en la que llegará a emplear a 10.000 trabajadores, convirtiéndola en la industria metalmecánica más grande de Sudamérica en ese momento.

peron en  motoFue antifascista, profesor universitario y experto en seguridad laboral. Falleció a los 56 años y sus dos hijos ingenieros tomaron el control de SIAM, renombrándola Siam Di Tella. De la mano de Torcuato (h) y Guido llegaron la Siambretta, el Siam Di Tella 1.500… pero lo suyo no era la fábrica y las políticas proteccionistas para la industria no significan crecimiento genuino… luego de varias calamidades, idas, vueltas, nacionalización, malas inversiones, quiebra y venta por partes a otras firmas, hoy lo que queda es una fábrica recuperada convertida en cooperativa.

Instituto di tellaMientras intentaban sacar la empresa adelante, los hermanos fundan en 1958 el Instituto Di Tella, organización educativa y filantrópica, un centro de investigación y experimentación que se convirtió en referencia de la vanguardia artística local, quienes más tarde serían conocidos como «La Generación del Di Tella». El Instituto es clausurado por el gobierno de Juan Carlos Onganía, pero sigue siendo míticamente recordado.

Simultáneamente Guido se doctora en economía y luego fue funcionario de los gobiernos de Cámpora y de Isabel Perón. Guido di tellaCon el golpe del ’76 es arrestado y allí conoce a Carlos Saúl Menem de quien, después de su exilio en Inglaterra y de posteriormente ser diputado nacional, fue Ministro de Relaciones Exteriores de manera resonante ya que llega a interpretar tan literalmente el concepto de política de seducción, que envío de regalo muñecos de Winnie de Pooh a los niños de las Islas Malvinas.

Para esta época, junto a su hermano, crean la Universidad Torcuato Di Tella, que daría continuidad al mítico instituto y que hoy ocupa un importante espacio en la vida académica argentina.

La tv y yo 7Mientras tanto, Torcuato (h), además de continuar sus estudios, crear un instituto de investigación y afianzarse en la vida académica, se casa con Kamala, su novia india, que ocupa un lugar importante dentro del ambiente del Instituto Di Tella. Tuvieron un hijo, Andrés, y también tuvieron que exiliarse. Con la apertura democrática, ocupa un importante espacio en la Universidad de Buenos Aires. En 2003 asume como Secretario de Cultura del gobierno de Néstor Kirchner, cargo al que renuncia un año después diciendo: «la cultura no es prioritaria ni para el Gobierno ni para mí». Su segunda mujer, Tamara, introdujo el sistema Pilates en Argentina y crea una importante empresa.

Andrés se convierte en un reconocido director de cine documental. Precisamente fue viendo «La televisión y Yo», (obra en la que termina recorriendo con su padre Torcuato las instalaciones de la vieja SIAM y escuchándolo contar su infancia junto a su hermano Guido, cómo su padre los obligaba a ir a la fábrica y cómo ellos hicieron lo que él siempre quiso hasta que se fundió),  que me di cuenta de que además de que pedazos de esa familia habían sido parte de mi propia vida, a través de ellos se podía contar la historia de un país pero también la casi universal historia de las trayectorias familiares que se inician con un inmigrante emprendedor que construye todo desde la nada.

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El mal del sauce

delta-del-tigreLos deltas son accidentes geográficos formados en la desembocadura de un río por los sedimentos fluviales que ahí se depositan. El delta más conocido es el del río Nilo y de él proviene el nombre dado a estas formaciones, dado que la desembocadura del Nilo se extiende por una región de forma triangular, asemejándose a la forma de la letra griega delta (Δ), por la cual se supone que Heródoto le dio ese nombre.

Existen varios deltas en el planeta, como el del Ganges, el del Amazonas o el del Ebro. Yo solo conozco dos, y uno es de los lugares que más me emocionan en este mundo: el Delta del Paraná, específicamente el último tramo de su desembocadura en el Río de la Plata, ajustando más, la primera sección de islas, perteneciente al municipio de Tigre.

Hasta el siglo XVI este delta estaba habitado por los canoeros chanás, un pueblo con un fuerte influjo cultural guaraní. A partir del siglo XVIII y especialmente durante el siglo XIX la zona fue nombrada popularmente como «La Matrería» o «País de los matreros», porque servía como refugio de gauchos perseguidos y bandidos rurales.

Los primeros proyectos de una modernización de la zona fueron encabezados por Domingo Faustino Sarmiento, quien se instaló en una isla para comprobar el potencial económico de la región.

Desde mediados del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX, el Delta recibió una población importante de inmigrantes europeos, lo cual favoreció la producción frutícola que comenzó a comercializarse a través del Puerto de Frutos, en Tigre. La producción incluía sobre todo cítricos y duraznos. Paralelamente, también gana terreno en la zona la producción forestal, la cual continúa actualmente mientras que la de frutales decayó por perder competitividad frente a nuevas zonas de producción frutícola y por las importantes crecidas del Río Paraná.

Recreo TigreEn esa misma época comenzaron la actividad clubes de remo, y un poco después resplandece como lugar turístico, con el florecimiento de recreos y hosterías, codiciados por miles de porteños los fines de semana. La actividad turística entra en decadencia hacia la década de los 70, al mismo tiempo que entro yo en esta historia.

Se dice que la primera vez que fui al Tigre no había cumplido el año, y hay fotos que me muestran envuelta en una sábana, con chupete, durmiendo en una hamaca paraguaya.

Ya mi madre se había estrenado en las islas a la edad de tres años, porque mis abuelos, como otros muchos inmigrantes, eligieron a las islas del Tigre como lugar de fin de semana.

Casa-en-las-Islas-del-Tigre-Islas-del-TigrePasé en una típica casa isleña, situada en el Arrollo Caraguatá, infinidad de fines de semana y vacaciones, en invierno o en verano. La mayor parte de las veces partíamos desde la estación fluvial de Tigre, donde nos subíamos a una lancha colectiva pertrechados de víveres, incluidos combustible, agua potable y barras de hielo. La lancha partía con decenas de heladeritas conservadoras, bidones de agua, bolsos, diarios, mascotas y cualquier cosa que los pasajeros precisaran transportar. Si algo se olvidaba o era necesario comprarlo a último momento, ya pasaría la lancha almacén por nuestro muelle…

Al llegar, la primera consigna/orden era subir rápidamente las escaleras de la casa (son todas en alto, por las crecidas de los ríos) para sacarnos la ropa de ciudad y ponernos «la ropa del Tigre», que eran, ni más ni menos, que aquellas prendas desteñidas, pasadas de moda o con pequeños agujeros que, en otras circunstancias, se hubieran tirado a la basura.

Estacion fluvialY así, mal combinados y con ojotas o botas de goma (dependiendo de la estación), nos convertíamos en seres libres de optar si las próximas horas las dedicaríamos a la exploración, a pescar, a nadar en el río, a escondernos en alguna casa abandonada de la isla a investigar, a construir estructuras de caña y barro, o simplemente, a sentarnos en algún muelle o puente a conversar.

TigreEn la casa no había electricidad ni teléfono. Salvo excepciones, todo se cocinaba a la parrilla. Las isla todavía conservaban varios frutales, e incluso los canales artificiales que se habían utilizado en el pasado para transportar las frutas hasta el arroyo principal más cercano. Los adultos se las pasaban arreglando cosas, tomando sol o jugando al truco; y los niños de varias casas a la redonda, nos autogestionábamos sin importar quién correspondía a qué familia, hasta el momento en que había que volver a la ciudad.

Muchos años después volví al tigre, pero ya mi familia no tenía una casa allí, y empecé a remar. Fue un poco de casualidad, pero varios amigos empezamos a aprender a remar y descubrimos que era una excelente manera de hacer deporte paseando por esos arroyos y canales, que al menos a mí, me alegran la vida. Fue en ese momento que me enteré de la existencia de una mítica enfermedad local: «El Mal del Sauce», de la cual se dice te ataca cuando te sentás abajo de un sauce a mirar el río y ya no podés hacer otra cosa, no te podés ir. Muchos adjudican a este mal el que el Tigre se siga poblando.

DSC03238Vuelvo al Tigre cada vez que puedo, me hago invitar a lo de algún amigo que tenga casa, voy a remar, o me tomo una lancha colectiva sin destino. Además, desde hace varios años pienso en proyectos que puedan vincular a las Islas con lo que estoy haciendo en ese momento (y se me ha ocurrido alguno muy bueno, aunque no llegó a concretarse), es mi forma de combatir la idea de que en realidad, lo que me pasa es que tengo el «Mal del Sauce».

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Balnearios

Carlos GesellMientras leía el post de Mary de hace unos días sobre Francisco Piria y Piriápolis, recordé la película Balnearios, de Mariano Llinás, que al principio decía algo así como que la historia de los balnearios argentinos siempre comenzaba con la heroica batalla de un fundador para dominar las fuerzas naturales: el mar, el viento, la arena, la sal…

Quizás Llinás, que también dice que los balnearios son las únicas ciudades que dio el siglo XX, exagera un poco, o más bien generaliza la historia más conocida, la de Villa Gesell. Porque es del relato sobre Carlos Gesell del que muchos nos acordamos si pensamos en la lucha del hombre contra el médano.

Es conocida la leyenda de cómo este fundador dio nombre a un popular balneario a partir de la compra de terrenos considerados inútiles, fijando dunas y médanos, de manera de poder edificar y lograr que las playas quedaran en su mismo sitio en vez de que las montañas de arena fuesen cambiando de lugar. Lo consiguió principalmente forestando intensivamente con coníferas y acacias, lo que hizo de la zona un muy lindo lugar de bosque, playa y mar.

VillaGesellEran los principios de los años 30, y Carlos, hijo del conocido economista Silvio Gesell, no tenía la menor intención de dedicarse a la industria turística, sino más bien de abastecer con madera a la fábrica familiar de muebles para niños. Sin embargo, es verdad que las preferencias de la familia Gesell convirtieron al poblado que se fue constituyendo en un centro de naturistas y veganos; lo cual iba en contraposición a las grandes infraestructuras que se creían indispensables para una ciudad balnearia por aquella época. Los 50 y 60 encontraron a la Villa como una de las máximas expresiones de la llamada nueva moral sexual, y luego de la movida hippie.

villa-gesellA finales de los 70 fallece Carlos Gesell, se lotea el territorio y se empieza a edificar de manera masiva. Si bien todavía existe una amplia zona de barrios entre bosques de pinos y con calles de arena, el centro de la ciudad es bastante feo (más aun durante su fantasmagórico invierno), y además una amplia zona está saturada de altos edificios de dudoso gusto. Sus playas siguen siendo amplias y lindas, sobre todo cuando la temporada de vacaciones no la ocupa con hileras y más hileras de carpas. Pero hoy en día, los jóvenes acomodados que equivaldrían a aquellos veganos y naturistas, prefieren a su vecina coqueta Mar de las Pampas, otrora denostada por su falta de infraestructura y hoy adorada por sus casas bajas y hotelitos boutique.

LFCFui a Villa Gesell por primera vez en el verano de 1987/88, podría describir el bosque, las playas, o los videobares, esos inmensos locales de videojuegos donde nunca me destaqué en el pac-man; pero lo que marcó ese verano de asonadas militares no fue ni la arena ni el compromiso político de aquellos días. Ese verano fue uno de los más importantes de mi vida porque fue cuando por primera vez salí sola. Sí, fue la primera vez que vagué con amigos por la calle, que fui a bailar a un boliche, que asistí a mis primeros shows, y sobre todas las cosas, que volví sola a mi casa. Fue el comienzo de mi adolescencia, ese lugar que nunca olvidaré, pero que al igual que a Villa Gesell, nunca elegiría volver.

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Cocinar como elección

Warhol-CampbellCada vez más platos preparados se pueden comprar hechos y muchos de estos precocinados además no son perecederos, por lo que sumando alguna fruta o verdura ocasional, puede tenerse una dieta bastante variada y hasta rica en la alacena.

Si tomamos como ejemplo una salsa de tomate sencilla o filetto, podemos aprender fácilmente que se trata de sofreír una cebolla y un pimiento cortados bien chiquititos o brunoise y agregarle el contenido de una lata de tomates en conserva. sofrito1Si disfrutamos de la experiencia, podremos darnos cuenta de cómo nos gusta más: ¿Con más pimentón? ¿con un chorrito de vino? ¿con un poquito de orégano? ¿Preferimos que el tomate sea fresco? También podemos comprar la lata de salsa filetto y tener rápidamente el aderezo para la pasta.

No veo nada malo en comer comida enlatada, pero sí creo que hay que saber cocinar. Aprender rudimentos de cocina sirve para poder modificar recetas y también para poder evaluar bien los incentivos diferenciales que conlleva la elección entre hacer la comida o comerla enlatada. Después de eso, cada cual elige lo que más le gusta.

Suelo trazar el paralelismo entre la cocina y la programación. Cuando alguien me pregunta por qué un niño debería aprender a programar, suelo decir que el aprender código no los obliga a programar, que es lo mismo que saber que el filetto lleva cebolla, morrón y tomate, después de saberlo elegís si te gusta así, si preferís agregarle zanahoria o si mejor vas al almacén, y ya que comprás los fideos, comprás la lata de salsa. La diferencia está en que sabiendo como hacerlo, podés elegir.

Lo loco de este paralelismo es que parece que pierde vigencia para graficar lo que quiero decir, ya que parece que los hackers de la salsa filetto son cada vez menos.

noecukHace unos meses me sorprendí cuando Cukmi.com iniciaba una campaña de selección de blogs de cocina para subir todos los días un par de recetas. Fundamentaban esta iniciativa en que un importante número de personas no sabían hacer más que un par de platos partiendo desde los ingredientes originales. cukmiComo estos datos provenían de una encuesta, quise buscar esta información pero lamentablemente Julián Gallo decidió «apagar» Cukmi, en una medida que sencillamente no entiendo, ni me voy a esforzar porque estoy demasiado decepcionada por enterarme de que esos enlaces de recetas que había puesto en el repositorio con la etiqueta «recetario», ya no dirigen a ningún lado. Supongo que los comentarios y conversaciones que el blog generó, también quedaron en la tarjeta de memoria de Julián, extraña decisión para un bloguero. Creo que se equivoca, que él mismo está destruyendo algo de libertad.

Y así es cómo este post, que iba de que aprender código es como aprender a cocinar porque hay que saber de qué se trata para después decidir lo que a uno le gusta más, ahora va de lo bueno que es compartir recetas en internet (no tan lindas quizás como lo permite un blog patrocinado), porque aquellos a los que nos gusta cocinar, buscamos referencias todo el tiempo, a las que seguimos al pie de la letra cuando se trata de algo que no hicimos nunca en la vida, o a las que usamos solo de inspiración para cocinar algo distinto.

En esta ocasión me despacho con mi súper descubrimiento culinario de los últimos meses, al que valoro mucho porque pensaba que era algo dificilísimo y resultó ser una pavada, que de tan pavada se está convirtiendo en plato habitual del recetario indiano.

El Pionono

piononoSi usted está esperando que la definición de Pionono sea «Dulce muy especiado en forma de mitra, hecho originalmente en homenaje a Pío IX, en Santa Fé, cerca de Granada», no es eso lo que va a encontrar.

Si usted en cambio es de los que no entienden qué hace Santa Fé cerca de Granada, mucho menos que el Pionono tenga forma de mitra y está esperando que la definición apropiada sea «arrollado dulce o salado que en una de sus versiones viene con dulce de leche y en la otra es considerado plato típico en navidad o año nuevo», se acerca un poco más a la idea de pionono que tenía yo hasta hace poco tiempo.

Resulta que muchos llamamos pionono al ingrediente principal de todos estos preparados: a esa fina lámina de bizcocho con la que se preparan tanto los dulcecitos andaluces o el Brazo de Gitano, como los platos dulces y agridulces en América. Mi preferido de los dulces: el arrollado de dulce de leche, con baño de chocolate o sin él. También me gusta como queda sin enrollar, sólo poniéndole un poco de dulce de leche o crema/nata (o ambos) con frutillas frescas o duraznos en almibarar cortaditos y trozos de merengue. Pero la forma de comer este bizcochuelo que más me gusta es su forma salada o agridulce.

Pionono 1Una de las opciones para esta versión consiste en untar con mayonesa (aunque también queda muy rico con queso crema o tipo Filadelfia) la masa extendida, agregarle lechuga, tomate, jamón, queso, aceitunas, pimiento asado, huevo duro o la combinación que más nos guste: palmitos, pollo y salsa golf, atún, mayonesa y huevo.

Pionono 2Sé muy bien que aquellos que encuentran esta plancha de masa en cualquier almacén o supermercado, piensan que es algo complicado de hacer. Eso mismo me parecía a mí hasta que un día me antojé de pionono y, como acá no lo venden en cualquier lado, me decidí a averiguar como se hacía:

Pionono 3

Ingredientes

3 huevos
50 gr. de azúcar
50 gr. de harina

Yo además le echo un chorrito de esencia de vainilla, y algunas recetas llevan Maizena y otras una cucharadita de miel. Todo eso es cuestión de gustos.

Lo importante es saber que hay que batir el azúcar con los huevos a punto letra, esto quiere decir hasta que cuando levantes el batidor puedas dibujar la inicial de tu nombre con el hilo de mezcla (o aunque sea un palote).

Después hay que integrar la harina y el chorrito de vainilla de manera envolvente.

Pionono 4Poner una hoja de papel manteca o de horno en una placa o fuente, verter la mezcla de manera pareja y cocinar en horno moderado hasta que se dore suavemente la superficie.
Quitar la masa con papel y todo, enrollarla ayudándonos con un trapo o repasador mojado cuando todavía esté tibia. Esto es para que no se nos rompa cuando queramos enrollarlo ya con el relleno.

El resultado: una receta fácil, hackeable, personalizable y también posible de ser comprada en la confitería. Podés hacer lo que más te guste.

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Miniposts

Retrato

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Como las grandes mujeres de la historia, yo tengo mi propio retrato. Mi Velazquez: la gran Clara Lagos. Muchas gracias!

Aventuras en el museo

guggenheim-bilbao-ernesto-neto-01

Ayer tuvimos una comida de esas que realmente incentivan, con esas charlas que regodean la mente y el corazón. Al terminar, Nat propuso ir a ver la muestra de Ernesto Neto que hay en el Guggenheim.

No se si fue porque nuestras cabezas se encontraban en estado de ebullición, pero la experiencia complementó nuestro estado de ánimo de manera perfecta.

La propuesta de Neto permite tocar, oler, saltar, trepar, mirar encantado, comentar, sentirse parte como si supieras todo sobre arte y al mismo tiempo sentirte un niño. Nunca me había divertido tanto en un museo.

No puedo decir más que «vayan a verla si tienen oportunidad». Eso sí, si es en el Guggenheim de Bilbao, no dejen que ni el personal de sala ni la muestra de Yoko Ono les empañen la visita.


Neto en GuggenNat y Caro camino a Neto

Parece mentira las cosas que veo

ABITABEn estos días andamos en Montevideo haciendo cosas, muuuuchas cosas, muchas más de las que quisiéramos, porque la mayoría son trámites que no nos dejan tiempo para encontrarnos con los amigos que queremos ver.

Como además de trabajos habituales la mayor parte de las cosas que tenemos que hacer son trámites, nos las pasamos entre oficinas, pasillos y mostradores de informes municipales; delegaciones de servicios públicos, y sobre todo, sentadas en duras sillas de salas de espera, mirando el reloj y cuidando de que no cierre la próxima oficina.

Pero hay un solo lugar a donde no tememos ir (¡y eso que la mayoría de las veces vamos a pagar!), el Abitab. No hay que ocuparse de buscar una oficina próxima, en cuanto empezás a caminar encontrás una; tampoco es un problema el horario porque abre hasta los feriados de carnaval; y ni siquiera hay que preocuparse demasiado por si se ocupan de lo que estás necesitando: ellos cobran impuestos y cuotas de lo que sea, te dicen cuánto debés, cambian divisa extranjera, venden billetes de lotería y otros juegos de azar; se pueden comprar desde entradas para ir a ver a Peñarol hasta tu ticket para el show de Rod Stewart; no hay mucha cola y te atienden bastante bien. Además, tienen su propia tarjeta de fidelización, y juntando puntos te podés llevar: el último disco del Negro Rada, un cuchillo eléctrico, o una botella de grapamiel. Tomá.

Estoy a punto de manifestarme porque le den la gestión de todo a Abitab, pero claro, me doy cuenta de que el gran problema no es solamente el mal carácter de la empleada municipal, sino la falta de informatización del sistema público y de servicios uruguayo, y de que es imposible hacer nada por Internet.

Pero bueno, lo injusto de la batalla no quita la gloria, así que festejamos en el Tinkal, con un buen Chivito, que es de lo mejor que dieron estas tierras.

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